Él camina por las calles otoñales un sábado cualquiera. El viento parece indicar que el verano ya se ha ido, acompañado con el frío van congelando hasta las almas mas sentimentales de este planeta. No hay música porque el reproductor agoto su batería, muy común en días donde la música se convierte en una droga y método de evasión de la realidad.
Él por dentro llora. desangra todos los días rabia, pena, ira y todo el cólera, los vasos sanguíneos son vulnerables a estas instancias. Se intoxica con el acontecer del mundo, y los vomita en forma de bilis.
Se rie, se cae, se vuelve a levantar, se tropieza, aprende, se rie y vuelve a caer (esto de que las cosas sean cíclicas lo marean un poco).
Sigue caminando, pasa por muchas casas, un mercado de abasto, continua por el cementerio y recorre los hospitales de la zona, el psiquiátrico (pensó en quedarse a dormir ahí esa noche). El aire da indicio de que todo está pleno y en soledad.
Siguió perdiendo el rumbo por las calles de Independencia esa noche. Vio pasar a mucha gente, vio muchas realidades a las cuales el no estaba inmerso, maldecía el momento por no estar escuchando música, miraba el cielo despejado y veía su reflejo en las pozas post día de lluvia.
Él llegó a casa, los días fueron cambiando de un matiz gris a uno más opaco, las circunstancias y los malos procederes le fueron fragmentando de a poco su cerebro y sus emociones positivas. Él estaba destruido, pensaba que no había escapatoria y que el suelo no era agradable para estar.
Él quería correr, era un prisionero de sus acciones. lo único que deseaba era un bar, alterar el tiempo de tal manera que se escurriera por los dedos. Quería bailar hasta que su alma se mimetizara con el humo del cigarro de esos antros existentes en la ciudad.
Y él ahí estaba... entre Abril y Mayo, despertando.

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